lundi 21 juin 2010

Aparece el “camino francés”…




Como antes he comentado, el camino francés es aquel que nos lleva a Santiago desde Puente la Reina [Gares], pues es en esta localidad navarra donde se unen dos caminos, el aragonés que viene de Somport y el que nosotros recorrimos, que viene de Roncesvalles. Llegamos a Puente, como se le conoce familiarmente al pueblo, casi a las cuatro de la tarde, sedientos, pero no fatigados. El descenso desde el Puerto del Perdón por la N-111A hasta Puente es gratificante, y ni caso hicimos al atravesar Legarda. La tierra es roja, prados pintados de oro y flancos de colinas forestados. Estamos impacientes por llegar al pueblo cuyo puente románico fue mandado a construir por una soberana que trae en jaque a los historiadores. La intención de sellar la credencial en la villa cabecera de Valdizarbe se convirtió en hecho, y una vez satisfechos, y calmada la sed en el albergue de peregrinos, nos tomamos una pausa. Evidentemente, una pausa en el pedaleo, pues caminar Puente la Reina lo merece. Aparcamos las bicicletas en un recodo de la iglesia del Crucifijo, construida por los Templarios. Hubo hospital, que llevaron también los Templarios, y ahora desaparecido, un colegio lo remplaza. Al interior de la iglesia el silencio es roto por nuestros pasos. La oscuridad no impide que apreciemos la estatua romana de Santa María de las Huestas. Un vitral se encarga de dejar pasar la claridad que el sol en su huída, riega a borbotones. Semioscuridad entonces, la luz necesaria para percibir un Cristo tallado en madera hacia el siglo XIV y clavado sobre la cruz pero posicionado en Y.

Iglesia del Crucifijo





Enrumbamos la calle Mayor, atrapada por la claridad del final de la tarde. Fachadas de piedras, austeras, pero distinguidas con sus puertas góticas y los capiteles. Nos detenemos en la iglesia de Santiago, a medio camino entre la del Crucifijo y el puente. Pórtico románico, tocado por la influencia musulmana, y no único en Navarra. Noventa personajes decoran el pórtico, dispuestos siguiendo la curvatura de los arcos. Igual de solitaria, pasible, olorosa a viejos maderos. No faltaría más, pues es la iglesia de Santigo, a quien es dedicado todo el altar barroco.

Iglesia de Santiago

Siguiendo la calle, puede doblarse a la izquierda antes del puente, para llegar a otra iglesia que no visitamos, “desolé pour Saint-Pierre”, y porque no pudimos ver la Virgen del Puy, también conocida como Virgen del Txori, e hicimos bien, pues estaba cerrada, nos dijo un puentesino sentado en la puerta de su casa. Al llegar al Puente de los Peregrinos, que encargara la incógnita soberana, un grupo de vecinos, -todos septuagenarios, tomaban el fresco de la tarde junina. Risas y bromas como escolares de receso. Conversamos con ellos y confirmamos que del otro lado del puente, nos esperaba el camino, siempre en dirección a Santiago. Otra vez, cuántas veces!, el Arga atravesado. Y cada vez, hermosos puentes románicos, arcos y pilares para salvar una orilla. Este, que data del siglo XI, tiene 110 metros de largo y cuatro de ancho, y la estructura sostenida por seis arcos de medio punto y cinco pilares. Al atravesarlo estábamos diciendo adiós a una pauta mítica en el camino, el sitio de comunión de todas las rutas, que desde lugares impensables, recorren los peregrinos para entrar a la catedral de Santiago. ©eW&cAc


Pasando el puerto del Perdón


Siguiendo las flechas amarillas que llevan al peregrino hasta Santiago, nos vimos otra vez en ese enredo que son los modernos arrabales de las ciudades españolas. Pamplona se acabó en la ronda que la circunvala y comenzamos a rodar por la carretera a Cizur Menor que es también el camino señalizado. Avistamos una bandera con la cruz de Malta ondeando sobre una torre atalaya. Es el antiguo monasterio de los Caballeros de San Juan de Jerusalén que se levanta en Cizur Menor [Zizur Txiquia], pequeñísimo pueblo hoy casi colgado a Pamplona. Nos detuvimos en el también pequeñísimo albergue de peregrinos, regido por la Soberana Orden de Malta. Primero nos presentamos al hospitalero para sellar la credencial. El hospitalero, un argentino rondando los sesenta años, que al vernos en atuendo de ciclistas, nos hizo saber que no había capacidad en el albergue, cosa que no le habíamos preguntado. Curioso y hablantín, nos invitó a una conferencia que tendría lugar a las cinco de la tarde y a la misa de las siete. Todavía debe estar esperándonos! Los argentinos, -y que me excusen los que conozco y son mis amigos, siempre dan la nota de insoportables. Me pregunto si el hospitalero se radicó allí a raíz del famoso “corralito” argentino y que produjo una importante ola migratoria de los sudamericanos que más europeos se sienten… Luego echamos un vistazo a la iglesia de San Miguel, de estilo románico y que data del siglo XII.

Pasado el mediodía, el sol se afianza y baña de oro los campos sembrados. Rodamos sin mirar ni mapa ni señales, y por ello, en lugar de seguir el “buen camino”, terminamos perdidos en Esparza de Galar. Felizmente los navarros son gentes super amables. Seguimos a un local que nos encaminó hasta Galar, y desde allí, fuimos a otro pueblito a partir del cual la carretera atraviesa paisajes hermosísimos, ideales para olvidar los dolores de cabeza que producen la maraña de tréboles y carreteras que invaden la península ibérica. Poco a poco vamos ascendiendo hasta el puerto del Perdón (679 m), paisaje agredido por las torres eólicas convertidas en parque eólico, también llamado del Perdón, como la sierra con su pico alto de 770 m. ©eW&cAc

Sin pamplinas en Pamplona [Iruña]



Nunca supe, a pesar de las señales, donde terminaba Huarte y comenzaba Villaba, como tampoco éste último y Burlada [Burlata], porque los pueblos se funden y se convierten en aglomeración de Pamplona, ciudad capital de Navarra, a 446 m de altitud, atravesada por el Arga, el cual se cruza sobre el puente de la Magdalena. Aún no es mediodía, cuando el sol se encarga de extenuarnos mucho antes de lo que imaginamos. Seguimos las flechas amarillas que desaparecen y aparecen en el camino hoy urbanizado. Colinas en lontananza, disputándose azules grises, flancos suaves de verdes campestres y rocas erizadas haciendo de vigilias. Pampelune, en voz francesa, y que me suena lejos, aunque confieso que Iruña me suena aún voz más extranjera, y opto por Pamplona, la ciudad de aquella chica que fue compañera de cursos cuando estudié en la universidad de Salamanca, y me pregunto si a lo mejor me la tropiezo en un cruce con semáforo. Nos detenemos en la plaza Príncipe de Viana, con su rotonda estrellada que nos pone en apuros… No logramos ubicarnos en el mapa ni en la ciudad en pleno movimiento alrededor de la plaza. Pregunto a un Guardia Civil, el cual me explica cómo llegar a la catedral y me dice que me quede con su mapa. Estábamos a dos pasos de la plaza del Castillo, aireada y palpitante, tocada de coloridos inmuebles. Del bullicio de la grande plaza pasamos al bullicio de las calles que van en dirección a la catedral, estrechas, animadas, edificios abalconados con galerías y miradores de diversas facturas. El ruido de grúas y equipos de trabajo nos guió hasta la catedral en plena obra de restauración. Avistamos un peregrino cansado que arrastraba los pies como una masa enorme y lo seguimos. Estábamos en el que fuera barrio de los peregrinos. Allí estuvo el asentamiento romano. Sobre las antiguas termas se yergue la iglesia del convento de los jesuitas, que formara parte del colegio de la Anunciata, hacia finales del siglo XVI. Sellamos la credencial y buscamos otra vez las flechas amarillas que señalan el camino. Una avenida interminable por camino, moles de betón, aceras cementadas y escasos árboles en ese sector de Pamplona, y sin pamplinas nos fuimos! Mucho nos quedó por ver en Pampelune, mais, pas question de dormir dans la grande ville navarraise… ©eW&cAc


Sancho el Sabio, en Villaba, frente a la Ig. de San Andrés…


Con el sol a nuestra espalda entramos en Zuriain, bañado por el río Arga que humedece el valle de Esteribar. A uno y otro lado de la carretera, el heno espera a ser trasladado a los depósitos. Oro pajizo sobre el verde asfixiado por el calor que comienza. Zuriain está asentado sobre una loma, lo que le permite mostrar la torre campanario de su iglesia parroquial dedicada a San Millán. Descendemos, y bordeamos el camino, matizado por aquellos peregrinos que madrugaron para ganarle tiempo al sol. Apenas miramos Irotz, y ya estamos cruzando Zabaldika, No podemos pedalear a más 50 km/h, qué pena!. A la derecha se yergue el campanario de la iglesia. En Zabaldika, el camino cruza la N-135 y va al encuentro de Arleta. Desde Irotz se extiende un parque fluvial, cuyo sendero no es propiamente el camino. Tuve una visión de pueblo escondido en el monte. Nos detuvimos en la cruz del camino, depositamos una piedra para marcar el paso e intentamos bajar por un sendero en busca del pueblo medio escondido. Está al otro lado del río, nos dijo un viejo hombre apoyándose sobre su bastón. Hay que bordear el monte y luego aparece, respondió una señora que paseaba un perro. Y volvió a perdérsenos el pueblo encantado, clavado en el monte, del otro lado del Arga, sombreado de chopos. Gente haciendo jogging, otros caminando para mantener la forma, en una y otra dirección, el Arga rompiendo piedras, tirándose aquí y allá, sirviendo de espejo cuando pasamos el puente. Seguimos adelante. Arleta queda atrás y al pasar el puente Huarte [Uharte] nos recibe cuando apenas el sol ha subido. Son poco más de las nueve de la mañana. Una vecina, acodada en el alféizar de la ventana nos dice “buen camino” con una sonrisa de mil amores en sus labios octogenarios. Farmacia, quincalla y tienda de alimentación son tres prioridades en Huarte. Luego nos tomamos una pausa en la plaza de San Juan. Escogemos un banco frente a la iglesia, también de San Juan, de planta medieval reformada en el Barroco. Una pareja de ancianos y cinco damas salen de misa. Nosotros entramos para ver la Virgen Blanca parisina de 1349 y el retablo mayor, de estilo renacentista, obra de Juan de Bustamante. Desde la calle apreciamos el óculo románico conservado en la fachada principal, encima del portalón. En las fachadas de los comercios una octavilla llama a la huelga del 29 de junio. Montamos las bicicletas y escudriñamos un atelier de reparación. Ninguno a la vista. Pedaleamos por la calle principal de [Atarrabia]/Villaba hasta la iglesia de la Trinidad de Arre. Allí corre el Ulzama, y que se cruza sobre un puente medieval. Pegado al puente el albergue de peregrinos, que fuera hospital y convento. Entramos en la iglesia, silenciada por la proximidad del mediodía. El ábside nos confirma la factura gótica del edificio original. Volvemos atrás, por la misma calle, y aunque vemos peregrinos a cuenta gotas seguir las flechas del camino, preguntamos y preguntamos, quizás por aquello de hacer hablar a la gente, de asegurarnos que vamos por el “buen camino”…©eW&cAc

©eW&cAc

Larrasoaña, villa de francos…

Mientras los peregrinos franceses alojados en El palo de Avellano ironizaban y preparaban su jornada etapa, nosotros sacamos las bicicletas del salón, atamos las alforjas y después de balbucear todos “buen camino”, emprendimos nosotros el nuestro. La ruta era en descenso y el frescor matinal nos golpeaba el rostro. Pasamos Urdániz [Urdaitz] sin prestarle atención, quizás a causa de ganar tiempo en la bajada. Unos kilómetros más adelante, doblamos a la derecha para entrar en Larrasoaña. Sellar la credencial, pasadas las 8 de la mañana es casi imposible. En Zubiri, el albergue de peregrinos instalado en las antiguas escuelas, ya estaba cerrado, y el de Larrasaoña abriría sus puertas a las 13h30. Hicimos una pausa para visitar el pueblo, que en épocas remotas llegó a tener dos hospitales, referenciados en el Calixtino. Fue villa de francos desde 1174. Todavía conserva hermosas casas de fachadas blancas con enchapes de piedras y blasones esculpidos. No faltan balcones en hierro forjado, balcones alados imitando pérgolas, que como los aleros de las casas, están ricamente trabajados. La iglesia de San Nicolás todavía muestra su pasado gótico. Ancho campanario sobresaliendo de la planta aportalada, cubierta de tejas como el techo de la torre. Nada excepcional Larrasoaña. A la salida del pueblo entramos en la Casa Sangalo, que es bar y pensión, y pedimos que no sellaran la credencial. ©eW&cAc


2da etapa: de Zubiri a Lorca



Zubiri -Larrasoaña-Zabaldika-Arleta-Uharte-Villava/Atarrabia-Pamplona-


Cizur Menor-Galar-Astrain-Puente la Reina/Gares-Mañeru-Cirauqui-Lorca


Distancia recorrida: 59 km

Hora de salida de Zubiri: 07h30

Hora de llegada a Lorca: 18h15