samedi 3 juillet 2010
La catedral de Santiago de Compostela
La Compostelana
Apenas diez y ocho minutos de marcha en ascenso desde la puerta de la oficina (Casa do Deán) hasta el nivel donde una sabia empleomanía controla la credencial y el sellado (es aquí donde quedará estampado el último sello del camino), registra al peregrino en sus ordenadores, el peregrino contesta tres o cuatro preguntas y sale del local con la compostelana en la mano, luego de haber contribuido a los gastos por su obtención. Bajamos las escaleras, satisfechos, más que de la compostelana, del camino que hemos hecho durante trece días y a lo largo de 864 kilómetros. La compostelana la llevo en mis piernas, en mis pies, en la fatiga y en la alegría, en la curiosidad, en la memoria, mucho más fuerte e imperecedera que el certificado que atesta que hicimos el camino. 2011, Año Jacobeo. ©eW&cAc
La oficina de la peregrinación
No hubo ruido de carretas. La noche santiaguina, pasó como un cometa cuyo polvo al caer nos adormeció sin que cuenta nos diéramos. Al alba escuché las campanas. Abrí los ojos y miré el cielo perlado, falto de azules y amarillo. Demasiado temprano. Mi compañero de peregrinaje duerme profundamente. Sólo el tañido de las siete, repique de campanas llamando a misa, interrumpen el debate entre Elie y Morfeo. Allez, lieutenant, c’est l’heure! Desayunamos de prisa en el mostrador del café del hostal y partimos en dirección a la oficina de la peregrinación para obtener la compostelana. La oficina abre a las 08h00. Una fila de peregrinos, unos acabados de llegar, mochilas, varas y botas que atestiguan fango del camino. Otros, como nosotros, frescos como lechugas. Al lado de la oficina, un local propone a los peregrinos de guardar bolsos y mochilas pagando un euro. Estilo aeropuerto, los bultos son bien chequeados, en previsión de atentados, atentar contra quién, contra qué?
La paranoia del terrorismo alcanza la tranquilidad que una vez hubo, y qué yo aprecio aún, en el lugar santo. La fila no se mueve, y siguen llegando peregrinos. Reconocemos algunos rostros. Incluso el del peregrino que nos pidió le hiciéramos una foto y que a su vez nos fotografió en la borne del alto de Barreira. Lo saludamos. Se sorprende. Se le sube esa insolencia y altanería de la que a veces transpiran los españoles. Nos dice que no nos conoce. Cierto, no nos conoce, sólo reproduce ese acto de sentirse agredidos, y como mucha gente hoy día, borran todo contacto humano de sus cerebros. Le refrescamos la memoria, justo para hacerlo sentir mal, asiente, “buen final de camino”, le espetamos, y le damos la espalda. La fila comienza a moverse. Los peregrinos como piezas de un tablero, buscan su cuadrante, su lugar, el término del camino traducido en papel y convertido en importante engranaje empresarial… ©eW&cAc
vendredi 2 juillet 2010
Paseo nocturno alrededor de la catedral
La entrada a Santiago de Compostela
Así de corto, Santiago. Medio escondido el cartel entre la vegetación. Yo me esperaba el Santiago de Compostela sin economías de cartel. Una foto más para el álbum de nuestro camino. Santiago, solo nos resta atravesar la urbe y llegar a la catedral. Se hace camino al andar. Anduvimos como una media hora rodando hacia el centro. Creo que es un tramo que se dificulta por el hecho de llevar a la mano la bicicleta. Divisamos las torres con sus agujas de la catedral. No ha habido puesta de sol. El gris ha querido envolver el cielo durante la caída de la tarde. Una mujer nos interpela proponiéndonos apartamento a dos pasos, baño compartido. Insiste. Nos da su número. Otros peregrinos apresuran el paso.
La mayoría ha quedado a las puertas, en el Monte de Gozo, y madrugarán para alcanzar la catedral temprano en la mañana. Los hospedajes que vamos encontrando en el laberinto de calles compostelanas, anuncian completo. Un peregrino inunda de música el fondo de la catedral. Un señor nos pone una tarjeta en la mano. Quedan habitaciones, nos dice. Lo seguimos. Un mesón-hospedaje en la calle de las carretas. Comienzan a encenderse las lámparas del alumbrado público. Entramos en O Patrón. La chica nos registra y nos sella la credencial mientras colocamos las bicis en el patio. Nos instalamos en nuestra chambre. La habitación da a la rúa de las carretas. Esperamos que no sean muchas y que al rodar no hagan ruido. El cielo compostelano es de un azul nocturno que incita a pasearnos bajo su manto. Podemos relajarnos y decir, hemos realizado el camino. ©eW&cAc.
El Monte do Gozo (Monxoi)
A Lavacolla
Seguimos rodando hasta entrar en otro núcleo poblacional. Lavacolla es un burgo aislado convertido en barrio de la ciudad. La parroquial, a la que se accede por una escalinata, fue construida en 1840. La fachada, un poco tristona, es de factura simple, termina con frontispicio triangular, cortado para dar paso a un pedestal desde el cual se alza la torre campanario, que por su esbeltez, imprime un toque urbano al sitio, rodeado de un inmenso camposanto. Las casitas del burgo parecen pinturas en un cuadro natural, donde el azul de fondo del la concha jacobea agiganta el amarillo…©eW&cAc


