Unos kilómetros más adelante, entramos en Azqueta, doblando a la derecha y subiendo una cuesta. Preguntamos por Pablito una vez parqueadas las bicicletas. Una voz suave nos indicó su casa y allá fuimos. Pablito está en el campo, nos dijo una señora, viene en un rato. Me hubiera gustado estrechar la mano de Pablito, el hombre de las varas de avellano, pero no pudo ser. No estaba a la orilla del camino, ofreciendo sus bordones a los peregrinos, estaba precisamente, buscando esas varas que sus ojos y manos saben elegir para bien del caminante. De Azqueta, su sello, y en el sello, las siete letras impresas del nombre de un hombre, leyenda en el camino. ©eW&cAc mardi 22 juin 2010
Los bastones de Pablito (Azqueta)
Unos kilómetros más adelante, entramos en Azqueta, doblando a la derecha y subiendo una cuesta. Preguntamos por Pablito una vez parqueadas las bicicletas. Una voz suave nos indicó su casa y allá fuimos. Pablito está en el campo, nos dijo una señora, viene en un rato. Me hubiera gustado estrechar la mano de Pablito, el hombre de las varas de avellano, pero no pudo ser. No estaba a la orilla del camino, ofreciendo sus bordones a los peregrinos, estaba precisamente, buscando esas varas que sus ojos y manos saben elegir para bien del caminante. De Azqueta, su sello, y en el sello, las siete letras impresas del nombre de un hombre, leyenda en el camino. ©eW&cAc El Ega envuelve a Lizarra [Estella]
Casi al mismo tiempo que Marco y Gilberto, los peregrinos italianos, dejamos el Albergue de Peregrinos de José. Sopa miso japonesa acompañada de frutos secos y barras de cereales para comenzar la jornada. A las 07h32 de la mañana, el frescor hace pedalear y el camino se enseñorea de amapolas queriendo lucirse en los sembrados de trigo. Las aguas del río Iranzu nos anuncian que pasamos Villatuerta [Bilatorta], oronda con su puente medieval y su parroquial de estilo gótico (s.XIV-XV), la iglesia de la Asunción. A la salida, en medio de un campo seco y de garrigas, se levanta la ermita de San Miguel, y que perteneciera a un monasterio hoy desaparecido.
Carretera y camino van paralelos al Ega. El río entra en Lizarra [Estella] y lo cruzamos por un puente que nos lleva a la iglesia del Santo Sepulcro, del s.XIV. El burgo data de 1090, y su fundación trajo cambios en el trazado del camino a Santiago, que era un poco más al sur. A nuestra espalda el Ega sombreado de chopos. Verde matinal rociado extendido como una alfombra frente a la iglesia, cuya fachada se hace notar por la portada compuesta por doce arquivoltas y el tímpano con el descenso de Cristo a los infiernos, los apóstoles en un friso, así como la figura de un Santiago peregrino.
Al entrar en la medieval Rúa, avistamos las alforjas amarillas de Gilberto secundando a Marco en el pedaleo. Nos detenemos y hacemos como una pareja de peregrinos ingleses, que sellan su credencial, el cuño a la vista sobre una mesita. A la izquierda se levanta el convento de Santo Domingo, abierto en 1259. A sus pies la judería y allí la iglesia románica de Santa María Jus del Castillo. Lizarra se hizo conocer por el camino, pero ganó notabilidad cuando por espacio de dos años albergó la corte carlista (1873-1875).
La Rúa, empedrada y marcada con la “coquille”, nos muestra su patrimonio de casas con puertas de ojivas o renacentistas, y donde se levanta el palacio de los San Cristóbal. La iglesia de San Pedro de la Rúa vestida su torre fuerte de andamios y voces de albañiles nos ayuda a ubicarnos en el pueblo, a la derecha la plazuela de San Martín tocada por la Fuente de los Chorros, palacios de reyes o duques, todo un abanico de historia que nos enseña el camino. Curtidores, Rúa y luego San Nicolás, y al final de ésta, la puerta de Castilla, que da paso al Camino de Logroño, y por él, hacia Santiago, nosotros. ©eW&cAc
3ra etapa: de Lorca a Navarrete
lundi 21 juin 2010
Lorca, pueblo de casas blasonadas
Llegamos a Lorca [Lorkuz] (el segundo Lorca que piso, pues muchos años antes había estado en el Lorca del sur ibérico), cuando el crepúsculo vierte tintes inimaginables, y llegamos con buen pie en el pedal, porque si inicialmente era un pueblo que sólo nos vería pasar, Lorca se convirtió en término de etapa, y la satisfacción es grande, yo diría gigante, como la sonrisa de José Ramón, el hospitalero que nos abrió su albergue. Albergue de peregrinos [Teléf.: (34)948-640 045]. Nos instalamos con la ayuda de José en la habitación del segundo piso que da a la calle y con el balcón ideal para tender la ropa que lavaríamos. El hospitalero vraiment hospitalario nos recitó la lista de servicios del albergue mientras servía una cerveza a un cliente del bar. La tele encendida en espera del partido de football de esa noche, partido muy esperado por los españoles. José nos preguntó si queríamos cenar y luego nos hizo saber que dos peregrinos italianos (Gilberto & Marco), también ciclistas, e instalados en el albergue al poco rato de llegar nosotros, iban a preparar un risotto con vegetales y que nos invitaban a compartirlo. La cena compartida, lo fue frente al match de balompié. Nosotros encargamos a José que nos preparara un plato surtido con queso y jamón, y aportamos una botella de vino. Terminada la cena y colocada la loza en el lavaplatos, salimos a descubrir el pueblo. Pueblo de ciento y pocos habitantes, con casas robustas de fachadas blasonadas datando del XVII y el XVIII. Calle y Plaza Mayor, e iglesia románica con bóveda de horno en la cabecera, también románica la pila bautismal y como en otros villorrios, la efigie del apóstol, en este caso un Santiago Peregrino, de factura barroca. La luz natural se fue trotando a galope y se encendieron los faroles de la calle Mayor. La gran curiosidad alrededor de Lorca, es el río Salado, que en el Calixtino ya mencionan como venenoso por la abundancia de sales en sus aguas. Escribo aquí lo que dejó en tinta sobre un papel troceado, un peregrino que se hubo detenido en Lorca; “José es un ángel en el camino”, y nosotros lo creemos bien, y nos imaginamos al hospitalero, poner tapa y vino sobre el mostrador del bar, y a un lado, el libro que leía cuando allí estuvimos, “El criticón” de Baltasar Gracián, y que fuera publicado en la segunda mitad del XVII. Gracias José por tu gentileza de magnífico hospitalero. ©eW&cAc.Mañeru y Cirauqui, en Guirguillano
Navarra es oro sol y prados con olivos, cipreses y retama olorosa al final de la tarde. La NA-1110 al serpentear las colinas suaves de la comuna de Guirguillano atraviesa dos pueblitos con nombres sorpresivos: Mañeru, a casi 600 m de altitud, y en el descenso hacia la Virgen de Aoitz, Cirauqui. También sorpresivos son los nombres por los que llaman a sus calles y plazas, que en Mañeru pueden ser Sol, Luna, Fe, Esperanza o Caridad, y en las cuales se levantan casonas palaciegas de rústicas fachadas en piedras armeras que cuentan siglos (del XVII y del XVIII). Del s.XVIII, la barroca San Pedro, una iglesia visible desde lejos por su torre de remate neoclásico. Luego viene Cirauqui [Zirauki] que significa “nido de víbora”. El mismo sol y los mismos prados centelleantes. La retama amarillando el camino. Atravesamos el único arco que queda de la muralla, buscando una fuente de agua. El pueblo se levanta en los flancos de una colina, y en lo alto se erige la iglesia-fortaleza de San Román, cuya portada del s. XIII es de un gran parecido a la que acabamos de ver en Puente la Reina, en la iglesia de Santiago. El astro en su huida, lo llevamos de frente. Calienta aún y matiza de claroscuros los sembrados en esas tierras valonadas. La etapa está a punto de acabar, y con ella, otro tramo del camino. ©eW&cAc

