Mientras los peregrinos franceses alojados en El palo de Avellano ironizaban y preparaban su jornada etapa, nosotros sacamos las bicicletas del salón, atamos las alforjas y después de balbucear todos “buen camino”, emprendimos nosotros el nuestro. La ruta era en descenso y el frescor matinal nos golpeaba el rostro. Pasamos Urdániz [Urdaitz] sin prestarle atención, quizás a causa de ganar tiempo en la bajada. Unos kilómetros más adelante, doblamos a la derecha para entrar en Larrasoaña. Sellar la credencial, pasadas las 8 de la mañana es casi imposible. En Zubiri, el albergue de peregrinos instalado en las antiguas escuelas, ya estaba cerrado, y el de Larrasaoña abriría sus puertas a las 13h30. Hicimos una pausa para visitar el pueblo, que en épocas remotas llegó a tener dos hospitales, referenciados en el Calixtino. Fue villa de francos desde 1174. Todavía conserva hermosas casas de fachadas blancas con enchapes de piedras y blasones esculpidos. No faltan balcones en hierro forjado, balcones alados imitando pérgolas, que como los aleros de las casas, están ricamente trabajados. La iglesia de San Nicolás todavía muestra su pasado gótico. Ancho campanario sobresaliendo de la planta aportalada, cubierta de tejas como el techo de la torre. Nada excepcional Larrasoaña. A la salida del pueblo entramos en la Casa Sangalo, que es bar y pensión, y pedimos que no sellaran la credencial. ©eW&cAc lundi 21 juin 2010
Larrasoaña, villa de francos…
Mientras los peregrinos franceses alojados en El palo de Avellano ironizaban y preparaban su jornada etapa, nosotros sacamos las bicicletas del salón, atamos las alforjas y después de balbucear todos “buen camino”, emprendimos nosotros el nuestro. La ruta era en descenso y el frescor matinal nos golpeaba el rostro. Pasamos Urdániz [Urdaitz] sin prestarle atención, quizás a causa de ganar tiempo en la bajada. Unos kilómetros más adelante, doblamos a la derecha para entrar en Larrasoaña. Sellar la credencial, pasadas las 8 de la mañana es casi imposible. En Zubiri, el albergue de peregrinos instalado en las antiguas escuelas, ya estaba cerrado, y el de Larrasaoña abriría sus puertas a las 13h30. Hicimos una pausa para visitar el pueblo, que en épocas remotas llegó a tener dos hospitales, referenciados en el Calixtino. Fue villa de francos desde 1174. Todavía conserva hermosas casas de fachadas blancas con enchapes de piedras y blasones esculpidos. No faltan balcones en hierro forjado, balcones alados imitando pérgolas, que como los aleros de las casas, están ricamente trabajados. La iglesia de San Nicolás todavía muestra su pasado gótico. Ancho campanario sobresaliendo de la planta aportalada, cubierta de tejas como el techo de la torre. Nada excepcional Larrasoaña. A la salida del pueblo entramos en la Casa Sangalo, que es bar y pensión, y pedimos que no sellaran la credencial. ©eW&cAc 2da etapa: de Zubiri a Lorca

Zubiri -Larrasoaña-Zabaldika-Arleta-Uharte-Villava/Atarrabia-Pamplona-
Cizur Menor-Galar-Astrain-Puente la Reina/Gares-Mañeru-Cirauqui-Lorca
Distancia recorrida: 59 km
Hora de salida de Zubiri: 07h30
dimanche 20 juin 2010
Erro, valle y puerto
De pronto, después de una cerrada curva, Agorreta. Un villorrio con Iglesia construida en un desnivel. Muros de piedras, cubierta de tejas y portalón de tejas sostenido por columnas de madera. Viejas casas, muriendo con el tiempo. Una aldeana trabajando una huerta entre la iglesia y su casa. Intercambiamos con la aldeana, joven, a propósito de su huerto, cuidado con mucho esmero. Adioses y buen camino. Al seguir descendiendo, no queda dudas, hemos llegado a Zubiri, que en vasco significa “la aldea del puente”. En Zuribi, el verde pertenece, no al Erro, sino al Esteríbar. La vida parece detenerse en este pueblito, que sólo el puente medieval, de dos ojos sobre el río Arga y conocido como “de la Rabia”, revela su pasado jacobeo. Del hospital de leprosos y del monasterio fundado en el sXI, nada queda. Nos instalamos en El palo de Avellano, un hostal-residencia situado en la misma ruta nacional y vecino de la iglesia de San Martín, cuyo campanario y reloj vemos desde la ventana. Esta iglesia es de nueva construcción, pues la original fue destruida en los tiempos de la guerra carlista. Noche de partido de football y estómagos hambrientos. A la entrada de Zubirí entramos en un restaurante, atestado de pueblerinos endomingados. El menú variado y copioso, los dependientes sonrientes. La patrona del hostal parecía simpática pero en realidad no lo era, más bien, transpiraba hipocresía su educación. Compartimos la habitación con cuatro españoles de Albacete, que optaron por las literas, y una inglesa, que como nosotros, prefirió una cama normal. Gente simpática. Conocimos al resto de los peregrinos la mañana siguiente antes del “départ”, todos franceses, género insoportables…, como si nunca hubieran tropezado peregrinos en bicicleta! Habíamos decidido desayunar solamente nuestra sopa miso japonesa, hasta que encontráramos un bar o café un poco más tarde. Trabajo le costó a la patrona calentarnos dos tazas de agua, y hasta nos conminó a servirnos de la máquina automática que tronaba en el salón, 60 céntimos el gobelet, -hay que tener gandinga, me dije, ella se olvidó del espíritu del camino…©eW&cAc
S’CONVENTUS HOSPITALIS ROSCIDEVALLIS
La suerte nos acompañó, o quizás estaba escrito de que así pasaría… Un VW azul matriculado en Navarra se detuvo a cinco metros del crucero. Sin mucho preguntar me abrieron la puerta trasera y comenzó mi retorno imprevisto a Roncesvalles. El conductor, un navarro treintañero, transpirando aires de buena familia. El copiloto y la señora sentada detrás, madre e hijo, burgaleses amigos del conductor, que iban a Roncesvalles para desde allí comenzar una etapa en el camino a Santiago de Compostela. El tiempo justo para intercambiar impresiones y una vez detenidos en la explanada del hospital de peregrinos, mi agradecimiento y mi deseo de un buen comienzo de camino. Corrí a sellar nuestras credenciales, recibí de manos de la benévola hospitalera un montón de información sobre el camino navarro, y hasta una cinta azul luminosa para situar en la bici y ser visible por los automovilistas con la inscripción Ruta Jacobea 2010. Un peregrino, con aires de fatiga, me interpeló en el hall a la salida del buró de acogida de los caminantes, pero no pude responder a su interrogante. Raudo, como otras veces, salí a la carretera con el objetivo de pedir ayuda y llegar a Gerendiain donde me esperaba, tullido del frío, mi excelente amigo Elie Wakim. En Roncesvalles, al borde la carretera, una cerca de alambre protegía un prado inmenso, verde anís con manchas del verde que colorea las hojas nuevas del laurel. Sobre la cerca, a manera de tendedera, los peregrinos hacían secar ropas y calcetines que una vez fueron blancos. El tercer automovilista se detuvo a mi lado y me dijo que me sentara detrás. Una mujer rubicunda, de poco hablar pero que me dijo que le pareció que yo tenía un problema. El problema, que había sido el olvido de la credencial, ya estaba resuelto. El de ahora era llegar a Gerendiain. Puedo ayudarte hasta la mitad del problema solamente. Y dicho esto aminoró la velocidad, encendió las luces de girar a la izquierda, y al hacerlo se detuvo. La mujer, que trabaja en un restaurante de Roncesvalles, terminaba de trabajar y se dirigía a Ureta. Durante un momento me sentí acompañado por un rebaño de vacas blanquinegras. Casi sin hacer dedo, un auto gris se detuvo. La conductora bajó los cristales, me preguntó, asintió y desde que nos pusimos en marcha, la conversación fue cordial y fluida. Una mujer hermosa, simpática, gentil como buena navarra. Acababa de dejar a su hija con unos americanos que habían conocido en un viaje académico a los Estados Unidos. Ellos encantados, ella también. Yo, por supuesto, satisfecho de aquel encuentro dominical en una carretera de la Comunidad Foral de Navarra. La señora, socióloga o psicóloga, trabaja como investigadora y también es enseñante, ama Navarra y adora los encuentros donde la fraternidad es más importante que las simples formalidades. Le entregué mi tarjeta. Le agradecí su ayuda y se lo agradezco a través de estas páginas. Espero visite la bitácora o trabe contacto con nosotros. Elie me esperaba, medio tullido por el frío. Sorprendido de verme volver en el espacio de una hora y cuarto, tiempo que tomó, por un descuido, el sellado de la credencial en tierras de batallas y cantares. ©eW&cAc…a Zubiri, evidentemente!
Al dejar Roncesvalles, nos quedaba poco más de 22 km para encontrar un sitio donde pasar la noche, y el lugar sería Zubiri, en el valle del Arga. Burguete [Auritz] se nos apareció en el camino como un espejismo, una localidad en extremo pulcra, sus casas alineadas a ambos lados de la ruta nacional. Burguete me pareció “localidad dormitorio”, más bien un burgo de Roncesvalles. Ni un alma en el pueblo, ni a la puerta ni en las ventanas de sus hermosas casonas, todas con cubiertas a cuatro aguas, construidas en los siglos XVIII y XIX. Al pasar frente al Hostal Burguete, el deseo de terminar la etapa jornalera nos asaltó súbitamente. En 1104, Burguete cedió a Conques su hospedería. Delante de la iglesia de San Nicolás, que conserva su portada del XVII, recordé mi paso por Conques hace ya algunos años cuando nos dio por veranear en la Dordogne.
Bosques de pinos negros y hayas verdean el camino, cercadas praderas de verde claro donde pastan blanquinegras vacas con aire sorprendido a nuestra parada de salutación. La humedad la proporciona el arroyo Urrobi. GOYAN BEGO, camposanto pasible del otro lado de la carretera nacional. Después cruzamos otro pueblito, cuyas viejas piedras datan de 1269 cuando fuera fundado por el rey Teobaldo. Calcinado por la soldadesca francesa durante la guerra de Convención, en 1794, fue renaciendo de sus ruinas y con el tiempo restaurado. Como Burguete, Espinal [Aurizberri], se estira a ambos lados de la ruta, y a su izquierda, viniendo de Roncesvalles, se levanta San Bartolomé, la iglesia que fuera construida en 1961.
Apenas quitado Espinal, el camino en cuesta no se hace esperar. A ritmo de caravana de jicoteas subimos el umbroso alto de Mezkiritz, a 922 m. Bosquecillos y arboledas se comparten las alturas, desde la cual los Pirineos son una secuencia de cartones azulgrises superpuestos. Leemos la inscripción sobre la estela colocada en el alto en la que se pide se rece una salve. Coronando la estela al interior de un arco sostenido por dos columnatas esculpidas, aparece la figura de NS de Roncesvalles. No estando obligados, hacemos caso omiso a la petición como buenos cristianos de este siglo.
Seguimos la ruta sombreada y nos detenemos en Biskarreta-Gerendiain, justo en un crucero, con casas blancas silenciosas, tejado a dos aguas y macetas de flores ambientando muros y balcones. Un gato gris se inmoviliza viéndonos aparcarnos en su propiedad. Justo allí, a quince kilómetros de Roncesvalles, Elie me hace saber que hemos olvidado sellar en el hospital de peregrinos nuestra pauta caminera. Pude haber dicho y fuerte “me caso en la que canta y no pone”, tragué saliva y quise decir “oh mon Dieu”, pero no sabiendo a cuál Dios dirigirme, de mi boca salió como un bólido “oh putain”. Acto seguido, respiré profundo y le dije a Elie que lo resolveríamos, que costara lo que costara, nuestra credencial tendría el sello de Roncesvalles. Hacía esa mezcla de aire frío y humedad con olor a hierbas y árboles de las alturas. Crucé la carretera y comencé a hacer “autostop” a la inversa de la dirección que llevábamos. Un peregrino francés, de Haute-Savoie, nos preguntó si podía ayudarnos en algo, gentil nos propuso que rodáramos hasta el puerto de Erro, donde lo esperaba su mujer en una camioneta, y nos dio las señas. Le dicen, y ella los lleva de vuelta a Roncesvalles y los regresa también. El peregrino, mochila, cámara de fotos y bastón en mano, nos saludó y desapareció a la vuelta de una esquina del pueblito. Elie y yo en el crucero. Cada uno en un lado de la carretera…©eW&cAc
Pausa en La Posada de Roncesvalles
En el puerto de Ibañeta solo nos queda volver a montar nuestras bicicletas y pedalear el kilómetro y medio que lo separa de Orreaga, es decir Roncesvalles [Orreaga]. Desde la carretera en pendiente comienzan a vislumbrarse los renovados techos del hospital de peregrinos, de indudable corte neoclásico. El inmueble, diseñado en la última década del XVIII, fue construido entre 1802 y 1807. Al observarlo desde la altura, se distingue su cuerpo horizontal con tres plantas que dan al patio y cuatro en dirección al este. Ventanales cuadrados airean el hospital, administrado por el arzobispado de Pamplona. Al edificio se entra por un portal con arco de medio punto guarnecido de friso y pilastras, sobre un frontón triangular.
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Un aire frío se instala en el ambiente. La fatiga clama por un reposo al abrigo del aire helado que baja de los picos. Antes disfrutamos del patrimonio urbano. Reviso mi guía. En efecto, la pequeña iglesia gótica, del sXIII, es la de Santiago o de los Peregrinos. De sencilla factura, pero hermosa portada de arco apuntado. A la derecha, la Capilla de Sancti Spíritus, conocida como “Silo de Carlomagno”. Remarcable, la Iglesia de la Real Colegiata de Santa María. El edificio más lujoso de Roncesvalles, notorio por la excelencia de su gótico puro, paradigma navarro del estilo, y que fuera ordenado por Sancho el Fuerte, que lo eligió como sitio para su enterramiento. El aire glacial nos hiela y el hambre no admite otra demora. Dejamos las bicicletas en un recodo y raudos entramos en La Posada (http://www.laposadaderoncesvalles.com/) una vieja casona del sXVI, trabajada con piedras y madera. Ambiente dominguero en el restaurante desbordado de españoles, probablemente asiduos del lugar porque comen, hablan y gesticulan como en su propia casa. No vemos otros peregrinos que nosotros. El servicio es eficiente. Las truchas navarras acompañadas de patatas nos fortifican el estómago. El arroz con leche, hecho en la casa, es una delicia. Raudos, tal como entramos, pagamos y salimos del restaurante. En el vestíbulo, algunos peregrinos descansan, con las botas descalzadas. Mochilas y bastones tirados por el suelo. Alcanzamos las bicicletas y aún tibios del abrigo restaurador, ponemos rumbo a…©eW&cAc
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